Ilustración: Luis Henrique Alves Pinto.
1. Oración Inicial: Ven Espíritu Santo. Ilumínanos con tu luz para recibir hoy la
Palabra de Dios. Abre nuestras
inteligencias y nuestros corazones para comprenderla y danos la gracia, la
voluntad y el valor necesario para vivirla en nuestras vidas. AMÉN.
2. Lectura del Texto:
a) Introducción: Tras la muerte de Jesús, la comunidad se siente con miedo, insegura e
indefensa ante las represalias que pueda tomar contra ella la institución
judía. El mensaje de María Magdalena del sepulcro vacío no los ha liberado del
temor; sólo el encuentro personal con el Resucitado puede
darles seguridad en medio de un mundo hostil.
El evangelista subraya la identidad de Resucitado con el Crucificado. Es
el mismo Jesús, aunque su forma de vida sea diversa. Este pasaje no se refiere
sólo a la fe de aquellas personas que no han visto (testimonio de Tomás), sino
también a la misión confiada por Cristo a la comunidad. Abramos nuestros
corazones a escuchar la Palabra de Dios.
b) Leer
el texto: Juan 20,19-31: Hacer
una lectura atenta, pausada y reflexiva.
Leerlo una segunda vez.
c. Un momento de silencio
orante: Hacemos un tiempo de silencio, para dejar que la Palabra de Dios
impregne el corazón y la mente.
d. ¿Qué dice el texto?
1)
Cada persona lee el versículo o parte del texto que le impresionó más.
2) ¿Dónde se encuentran y qué
sienten los discípulos? ¿Quién se hace
presente, qué dice y hace?
3) ¿Qué encomienda Jesús a la
comunidad? ¿Qué entrega para poder realizarla?
4) ¿Qué sucede con el discípulo
que faltaba?
5) ¿Cuales son las palabras de
Jesús a Tomás después de que éste profesa su fe?
6) ¿Cuál era la finalidad del
evangelista al escribir su evangelio?
3.
Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada
pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo. Lo
importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su
sentido para nuestra vida.
a) También Cristo nos envía hoy
con la fuerza de su Espíritu Santo: ¿Estamos preparados y dispuestos para
aceptar su mandato y a dar la vida por su Reino o aún sentimos miedo?
b) ¿Cómo
continuamos hoy la misión de Jesús en el mundo? ¿Cuál es el contenido del
anuncio misionero?
c) ¿Qué valor
tiene el testimonio de Tomás? ¿Cuáles son, si las tenemos, las dudas de nuestra
fe? ¿Cómo las afrontamos? ¿Sabemos expresar las razones de nuestra fe?
d) «Felices los que no han visto, pero creen”: ¿Cuáles son los fundamentos de nuestra fe? ¿Por qué creemos? ¿A qué nos
lleva tener fe?
e) ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy
y qué hacer en concreto para que se haga realidad?
4. Oración: ¿Qué le decimos a
Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Ponemos en
forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre
nuestra vida: «Felices los que no han visto, pero creen”.
5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto, volver la mirada
al mundo y comprometernos con el Reino de Dios y su justicia: Compromiso: Piense y
haga un compromiso concreto para esta semana que te permita testimoniar tu fe
en Jesús Resucitado. Llevamos una “palabra”: Puede ser un versículo o una frase del
texto. Tratar de tenerla en cuenta y buscar un momento cada día para recordarla
y tener un tiempo de oración donde volver a conversarla con el Señor.
6. Oración final: Te damos gracias Jesús, Señor de la Vida, que nos has amado y llamado
para ser tus discípulos(as). Gracias por el Espíritu y el mandato de anunciar y
testimoniar tu resurrección, la misericordia del Padre, la salvación y el
perdón para toda la humanidad. Haz que podamos superar nuestros miedos y nuestras indecisiones, afrontar nuestras dudas,
responder a tu llamada y ser constructores de tu Reino. Padre Nuestro que estás en el cielo... AMÉN.
Para profundizar:
1. Como el
Padre me envió (vs. 21):
La Resurrección no se impone como evidencia y las apariciones del
resucitado van ganando paulatinamente el corazón de sus discípulos. La fe nos
abre a la presencia resucitada del Señor en medio de los suyos: "los discípulos se alegraron de ver al
Señor" (vs.20). Pero esta presencia y la alegría, su fruto, no son
para la contemplación íntima; son fuerza para la misión. Jesús se presenta en
medio de los suyos y les dice: "como
el Padre me envió, también yo los envío" (vs.21). Misión que viene del
Padre y de su amor, de su deseo de perdonar y dar vida (porque 'perdonar es dar
vida'), de su preocupación por "reunir
a los hijos dispersos" (11,52). Para ello envía a su Hijo y a su Iglesia y los equipa con la
fuerza del Espíritu, "Señor y dador
de vida". El Señor está en
medio de su Iglesia para abrirla al mundo, pero muchas veces la Iglesia tiene
miedo de arriesgar su vida y tiende a replegarse en un aislamiento estéril,
sobre todo cuando fuera reina la hostilidad y la muerte. Como lo dice el texto
de hoy, la presencia del Señor se da en medio de una comunidad que se hallaba
"con las puertas cerradas por miedo a los judíos" (vs.19).
2. Jesús y Tomás (20,24-29): El evangelista subraya la identidad del Resucitado con el
Crucificado. El testimonio de los ángeles, los encuentros y apariciones y, en
especial, las exigencias de comprobación por parte de Tomás, son de sumo
interés. De ellas se deduce que el Resucitado y el Crucificado son el mismo,
aunque su forma de vida sea diversa. Ambos aspectos son igualmente importantes.
De ahí las exigencias de ver y palpar los agujeros de las manos y del costado:
identidad. De ahí la dificultad en reconocer al Resucitado; creen ver un
fantasma, un viandante, el jardinero: diversidad en su nueva forma de vida. La
resurrección de Jesús no es la vuelta de un cadáver a la vida, sino la plena
participación de la vida divina por un ser humano.
3. “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en
el agujero… no creeré” (20,25) Tomás no consigue
creer a través de los testigos oculares. Quiere hacer su experiencia. El
evangelio es consciente de la dificultad de cualquiera para creer en la Resurrección
especialmente aquéllos(as) que no han visto al Señor. Tomás es su intérprete.
Él está dispuesto a creer, pero quiere resolver personalmente toda duda, por
temor a errar. Jesús no ve en Tomás a un escéptico indiferente, sino a un
hombre en busca de la verdad y lo satisface plenamente. Es por tanto la ocasión
para lanzar una apreciación a hacia los futuros creyentes (vs. 29).
4. “Señor mío y Dios mío” (20,28): El evangelista
intenta también poner de relieve la confesión adecuada de la fe cristiana al
citar las palabras de Tomás: “Señor mío y
Dios mío”. Tomás es presentado como representante de los que no quieren
creer sin ver. Vencida su increencia, el evangelista nos lo presenta como
modelo de fe. Son sus palabras las que recogen la auténtica confesión de la fe
cristiana. En sus palabras el evangelio de Juan alcanza su cota más elevada:
el reconocimiento de Jesús como Señor y Dios. Con esta claridad sólo se había
hablado en el prólogo: la Palabra era Dios (1,1). De esta forma todo el
evangelio queda "incluido"
entre estas dos afirmaciones o confesiones de fe. El protagonista es el Hijo
de Dios, y la fe descubre esta realidad en un ser humano como nosotros. El es
la última y definitiva intervención de Dios en la historia.
5. “sopló sobre ellos y les dijo: “Reciban el Espíritu Santo” (20,22): El "soplo" sobre los discípulos recuerda acciones bíblicas
que nos hablan de la nueva creación, de la vida nueva, por medio del Espíritu.
Se ha pensado en Gn 2,7 o en Ez 37. El espíritu del Señor Resucitado inicia un
mundo nuevo, y con el envío de los discípulos a la misión se inaugura un nuevo
Israel que cree en Cristo y testimonia la verdad de la resurrección. El Israel
viejo, al que temen los discípulos, está fuera de donde se reúnen los
discípulos (si bien éstos tienen las puertas cerradas). Será el Espíritu del
resucitado el que rompa esas barreras y abra esas puertas para la misión. En
Juan, "Pentecostés" es una
consecuencia inmediata de la resurrección del Señor. Esto, teológicamente, es
muy coherente y determinante.
6. Finalidad del evangelio (20,30-31): El evangelio
terminaba originariamente con Jn 20,30-31. Estas palabras tienen una clara
forma conclusiva y afirman de forma terminante cuál fue la finalidad que se propuso
el evangelista: llevar a los lectores a la fe en Jesús descubriendo en sus
hechos la flecha indicadora que apunta a su mesianidad y divinidad. La
consecuencia de tal descubrimiento y de la aceptación del mismo es la vida
eterna. Además de los siete "signos" narrados en el libro que lleva
su nombre, en el mismo evangelio se nos cuentan otros, como el lavatorio los
pies. Al terminar su relato, el evangelio nos dice que Jesús hizo muchos más.
Lo importante para el lector es entenderlos como signos que son, es decir, como
acciones “significativas" que
nos obligan a pensar en las realidades trascendentes de las que los hechos son
únicamente un punto de referencia.

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