1. Oración Inicial: Espíritu de verdad, enviado por Jesús para conducirnos a la
verdad toda entera, abre nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. Haz
que aprendamos a escuchar con corazón bueno y perfecto la Palabra que Dios nos
envía en la vida y en la Escritura, para custodiarla y producir fruto con
nuestra perseverancia. AMÉN.
2. Lectura: ¿Qué
dice el texto?
a. Introducción: Al escuchar este evangelio podemos acabar
de una vez por todas con esas imágenes del Dios juez exigente y minucioso que
rastrea nuestro comportamiento buscando motivos que justifiquen nuestra
condena. Jesús nos dice que Dios no es de esa manera. Dios no quiere nuestra
condenación, quiere nuestra salvación. Dios no quiere la muerte del mundo,
quiere su vida. Dios no quiere perder ninguna de sus criaturas, y entre ellas
nos encontramos tú y yo. Dios no quiere perdernos. Abramos
nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.
b. Leer el texto: Juan 3,14-21: Hacer una lectura atenta,
pausada y reflexiva. Tratar de descubrir el mensaje de fe que el evangelista
quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.
c. Un momento de silencio
orante: Hacemos un tiempo de silencio, para que la palabra de Dios pueda
penetrar en nuestros corazones.
d. ¿Qué dice el texto?
1)
Cada persona lee el versículo o parte del texto que te
impresionó más.
2) ¿En qué se demuestra el amor que Dios nos tiene?
3) ¿Para qué Dios envió a su Hijo al mundo?
4) ¿En qué consiste el juicio de Dios?
5) ¿Quién es esa luz que vino al mundo?
6) ¿Por qué algunos odian y no se acercan a la luz?
7) Por el contrario, ¿Por qué otros(as) se acercan a
la luz?
3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más
significativas para el grupo. Lo importante es conocer y profundizar el texto,
reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.
a)
¿Qué representa la luz en
nuestras vidas cotidianas? ¿Cómo sentimos cuando no hay luz?
b)
¿Qué significa hoy buscar la
luz de Jesús? ¿Qué nos muestra esa luz?
c)
“Prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas…” : En la respuesta que damos a la vida
estamos movidos también, tal vez inconscientemente, por nuestro deseo de luz o
nuestro de oscuridad, para que su maldad no sea descubierta. Comentar.
d)
Dios mandó a su Hijo para que
el mundo se salve por Él; no lo envió para condenar, sino para que el mundo se
salve por él. Pero de hecho muchas veces el cristiano se siente más juzgado que
salvado, y siente la moral como un deber exterior e impuesto, como una carga
más que como una ayuda. ¿A qué se debe? Si el Evangelio es Buena Noticia y Dios
es pura voluntad de salvación, ¿qué es lo que puede estar fallando?
e) ¿Cuál es el mensaje del texto
para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga
realidad?
4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y
meditar su Palabra? Ponemos en forma de oración todo
aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida. «Señor, ayúdanos
a ser generosos para entregar nuestros dones al servicio de la gente».
5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto,
volver la mirada al mundo y comprometernos con el Reino de Dios y su justicia: Compromiso: ¿Qué
actitudes poner practicar para vivir “en
la verdad y en la luz”? Llevamos una "palabra". Puede ser un versículo o
una frase del texto. Tratar de tenerla en cuenta y buscar un momento cada día
para recordarla y tener un tiempo de oración donde volver a conversarla con el
Señor.
6. Oración final: Danos tu luz, Señor, para caminar en tus
pasos, para que nuestras vidas puedan ser espejo - reflejo de tu
presencia, Dios de la vida, Luz que
siempre brilla, ¡Aurora de nuestras mañanas!
Padre Nuestro, que estás en el cielo… AMÉN.
Para profundizar Juan 3,14-21
Juan 3,9-21 se centra en la
descripción del acontecimiento salvífico. La iniciativa procede de Dios (3,16),
se realiza por medio del Hijo, que ha venido de su parte y que vuelve a él a
través de la cruz-exaltación (3,14). El ser humano se apropia de ella o la
rechaza mediante la fe - incredulidad en el Enviado. No existe mejor síntesis
de la vida cristiana. Así es el mensaje joánico. Estamos ante el mejor resumen
de la teología de Juan. El mejor comentario del mismo nos lo ofrece otro texto
del cuarto evangelio, que habla de Jesús como el Enviado, de quien lo ha
enviado y de la fe en ambos, del juicio que se realiza en la aceptación o
rechazo de la luz (12,44-50).
La “elevación” de Jesús (3,14) es
la que constituye el reino, reinado o señorío de la vida. En la elevación a la
cruz va incluida la exaltación a la gloria. En dicha elevación, el evangelista
Juan acentúa las ideas siguientes: la victoria sobre el príncipe de este mundo
(12,31; 14,27-30); la participación del ser humano en ella mediante la fe
(12,32); la muerte en cuanto paso necesario y un aspecto parcial de la
elevación; la cruz no es el lugar de la máxima humillación, sino un aspecto de
la elevación. En este evangelio el fundamento de la teología o de la reflexión
teológica no es la cruz, sino el estar sentado a la derecha del Padre; Jesús
aparece como el vencedor de la muerte (5,26; 14,30) y el dador de la vida para
todos los que creen en él.
El juicio, de salud o desgracia, se realiza en la actitud de aceptación o
rechazo frente a Jesús (3,18-21). En el evangelio de Juan no existe un juicio
futuro, que tendría lugar al final de los tiempos, al estilo sinóptico (Mt
25,31ss). El juicio se realiza aquí y ahora por la actitud del ser humano ante
el Revelador (3,18). Dios envió a su Hijo al mundo para que el ser humano pueda
salvarse. Dios hizo la oferta de la vida. Oferta que sigue abierta. Debe ser
aceptada en la fe. Lo contrario equivale a la auto-exclusión de la vida. Ese es
el juicio.
Los vs. 16‑21 aportan, pues, una reflexión del evangelista y no palabras de
Jesús propiamente hablando. Esto puede causar sorpresa, pero es una de las
ideas más felices de la teología cristiana. Dios ha entregado a su Hijo al
mundo. En esto ha mostrado lo que le ama. Además, Dios lo ha enviado, no para
juzgar o condenar, sino salvar lo que estaba perdido. Si existe alguna doctrina
más consoladora que esta en el mundo podemos arrepentirnos de ser cristianos.
Pero creo que no existe. El v.18 es una fuente de reflexión. La condena de los
seres humanos, el juicio, no lo hace Dios. Lo ha dejado en nuestras manos. La
cuestión está en creer o no creer en Jesús. El juicio cristiano no es un
episodio último al que nos presentamos delante de un tribunal para que le diga
si somos buenos o malos. ¡No! Sería una equivocación ver las cosas así, como
muchos las ven apoyado en Mt 25. Los cristianos(as) experimentamos el juicio en
la medida en que respondemos a lo que Señor ha hecho por nosotros. El juicio no
se deja para el final, sino que se va haciendo en la medida en que vivimos la
vida nueva, la nueva creación a la que hemos sido convocados. Estas imágenes de
la luz y las tinieblas son muy judías pero a Juan le valen para expresar la
categoría del juicio.
El evangelio de Juan es muy sintomático al respecto, ya que usa muchas
figuras y símbolos (el agua, el Espíritu, la carne, la luz, el nacer de nuevo,
las tinieblas) para poner de manifiesto
la acción salvadora de Jesús. El diálogo es de gran altura, pero en él
prevalece la afirmación de que el amor de Dios está por encima de todo. Aquí se
nos ofrece una razón profunda de por qué Dios se ha encarnado: porque ama este
mundo, nos ama a nosotros que somos los que hacemos el mundo malo o bueno. Dios
no pretende condenarnos, sino salvarnos. Esta es una de las afirmaciones más
importantes de la teología del NT, como lo había sido de la teología profética
del AT. Dios no lleva al destierro, Dios no condena, Dios, por medio de su Hijo
que los hombres hemos “elevado” (para
usar la terminología teológica joánica del texto) a la cruz, nos salva y
seguirá salvando siempre. Incluso el juicio de la historia, como el juicio que
todo el mundo espera, lo establece esta teología joánica en aceptar este
mensaje de gracia y de amor. El juicio no está en que al final se nos declare
buenos o perversos, sino en aceptar la vida y la luz donde está: en Jesús.

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