martes, 17 de marzo de 2015

Guión para la lectura orante de Juan 12,20-33



1. Oración Inicial: Padre bueno, te pedimos que envíes tu Espíritu en abundancia, para que sepamos escuchar tu voz que proclama la gloria de tu Hijo que se ofrece para nuestra salvación. Haz que de esta escucha atenta y comprometida, sepamos hacer germinar en nosotros(as) la esperanza de otro mundo posible. AMÉN. 

2. Lectura: ¿Qué dice el texto?

a) Introducción: El texto de hoy nos ofrece hoy una escena muy significativa. La suerte de Jesús está echada en cuanto los judíos ya han decidido que debe morir. Pero Jesús del evangelio de Juan no muere de cualquier manera; no le quitan la vida, sino que Él va a entregarla libremente. «Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre va a ser glorificado». Jesús decide definitivamente llegar hasta las últimas consecuencias en su compromiso por el Reino de Dios. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.

c) Leer el texto: Juan 12,20-33: Hacer una lectura atenta, pausada y reflexiva. Tratar de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.

d) Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para que la palabra de Dios pueda penetrar en nuestros corazones. 

e) ¿Qué dice el texto?

1)     Cada persona lee el versículo o parte del texto que te impresionó más.
2)     ¿Qué responde Jesús a Felipe y Andrés?
3)     ¿Qué imagen usa Jesús para explicar la fuerza que se encierra en su muerte en la cruz? ¿Qué trata de explicar?
4)     ¿Qué dice Jesús sobre «la hora de ser glorificado»?  ¿A qué se refiere?
5)     ¿Jesús pide librarse de esta «hora»? Si no, ¿qué dice al respecto?
6)     ¿En qué consiste «el juicio de este mundo»?

3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo. Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.

a)     Si el grano de trigo somos nosotros(as): ¿A qué debemos morir? ¿De qué tenemos que morir para poder dar vida a otros(as)?
b)    ¿Cómo podemos dar fruto del Reino de Dios hoy?
c)     ¿Creemos que quien se agarra egoístamente a su vida, la echa a perder; quien sabe entregarla con generosidad genera más vida? Compartir algunos ejemplos.
d)    ¿Hemos entendido que vivir el evangelio es de dar la vida por amor? ¿Cómo hacerlo hoy en nuestro país?
e)     ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad en nuestra vida?

4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto».

5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto y comprometernos con la transformación de la realidad: Compromiso: ¿De qué tenemos que morir para dar vida? Llevamos una “palabra”. Esa “palabra” o versículo que nos va a acompañar hasta que nos encontremos nuevamente. Seguramente se hará presente durante la semana mientras participamos en nuestros quehaceres diarios.

6. Oración final: Dios todo bondadoso, en Jesús, nuestro hermano mayor y Señor, vemos realizado el ejemplo del grano de trigo que se entregó a sí mismo y supo dar la vida por amor. Ayúdanos a entregar también nuestras vidas. Danos un hambre insaciable de amor, de justicia, de libertad para todos los seres humanos, especialmente aquellos a quienes la sociedad actual se lo niega. Padre Nuestro, que estás en el cielo…    AMÉN.



Para profundizar más:

La petición de los griegos que quieren ver a Jesús motiva la respuesta que puede servir de título al texto: Ha llegado la «hora». Todo converge hacia la «hora».  Se alude a la pasión como la hora de la glorificación. El texto es una expresión clara de la teología de Juan sobre la glorificación. Es el momento de la decisión, de la crisis del mundo. El mundo quiere vivir de sí mismo y para sí mismo. Busca en sí el sentido de la existencia. Así se autoexcluye de la salvación, porque es Jesús quien con su muerte da la vida. Para los discípulos la pasión, como glorificación, comporta que quien quiere conservar la vida la pierda. En este contexto hace Juan una referencia teológica a Getsemaní.

Al discípulo(a) no se le dispensa del sufrimiento ni de la decisión personal. El apóstol acepta una ley fundamental: la unidad con Cristo crea un problema vital. El discípulo(a) no puede ahorrar-guardarse la vida. El no es norma para sí. Conserva la vida si la entrega. Jesús lo afirma a través de tres sentencias: el grano que muere para dar fruto, el siervo que debe seguir a su señor, la turbación de Jesús que anuncia la inminencia de su exaltación. Este texto es un momento clave en el proceso de auto-revelación de Jesús al mundo. La hora de la glorificación está cerca pero ha de pasar por la cruz. Esto provoca una crisis en muchos de los discípulos que rehúsan seguirle por este camino. Y el evangelio, de los judíos pasa a los gentiles representados aquí por los griegos. La «hora» de Jesús es también la hora del mundo. En ella se manifiesta que Dios es Amor, pero también queda al descubierto el pecado del mundo. Es la hora de la exaltación de Jesús, de su muerte y de su gloria. Es la hora del juicio contra Satanás y su ralea, pero también la hora del perdón para cuantos creen en él. Es la hora en la que Dios convoca a todos los elegidos en torno al que es "exaltado". Pues todo lo que podemos esperar y temer es fruto y consecuencia de la victoria y del juicio que acontece en la cruz de Cristo.
  
«Dar fruto»: Juan utiliza siempre la expresión «dar fruto» en este sentido misionero. La eficacia de la muerte de Jesús para la extensión del reino de Dios entre los seres humanos y los pueblos no es una eficacia automática: por lo tanto no ahorra a nadie la opción libre por el evangelio. Por eso Jesús, que ha cumplido en su vida y en su muerte la ley de la siembra, de la generosidad y la entrega, nos advierte que todos debemos hacer lo mismo que él si queremos entrar con él en la vida eterna. Pues el que sólo se cuida de sí mismo y no tiene más preocupaciones que la de salvar su vida, la pierde; en cambio, gana la vida eterna el que vive y muere por los demás.

«Atraeré a todos hacia mi»: Puesto fuera de la violencia de la que se sentía amenazado, esta suspensión de la cruz se convierte en una verdadera entronización, o sea, una colocación buena en vista de aquél que es para todos salvación y bendición. De la violencia que lo quería marginar y quitar del medio, se pasa a la fuerza ejercida por aquella imagen del entronizado. Se trata de "un atraer" que se engendra no por curiosidad, sino por amor; será suscitador de discipulado, de adhesión en todos aquéllos que sabrán andar más allá del hecho físico, y verán en Él la gratuidad hecha totalidad. No será la muerte ignominiosa la que alejará, sino que se convertirá en fuente de atracción misteriosa, gramática que abre nuevos sentidos por la vida. Una vida entregada que genera vida; una vida sacrificada que genera esperanza y nueva solidaridad, nueva comunión, nueva libertad.

Muerte que da vida: Pocas frases encontramos en el evangelio tan desafiantes como estas palabras que recogen una convicción muy de Jesús: «Los aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto». La idea de Jesús es clara. Con la vida sucede lo mismo que con el grano de trigo, que tiene que morir para liberar toda su energía y producir un día fruto. Si «no muere», se queda solo encima del terreno. Por el contrario, si «muere» vuelve a levantarse trayendo consigo nuevos granos y nueva vida. Con este lenguaje tan gráfico y lleno de fuerza, Jesús deja entrever que su muerte, lejos de ser un fracaso, será precisamente lo que dará fecundidad a su vida. Pero, al mismo tiempo, invita a sus seguidores a vivir según esta misma ley paradójica: para dar vida es necesario «morir». No se puede engendrar vida sin dar la propia. No es posible ayudar a vivir si uno no está dispuesto a «desvivirse» por los demás. Nadie contribuye a un mundo más justo y humano viviendo apegado a su propio bienestar. Nadie trabaja seriamente por el reino de Dios y su justicia, si no está dispuesto a asumir los riesgos y rechazos, la conflictividad y persecución que sufrió Jesús. Nos pasamos la vida tratando de evitar sufrimientos y problemas. La cultura del bienestar nos empuja a organizarnos de la manera más cómoda y placentera posible. Es el ideal supremo. Sin embargo, hay sufrimientos y renuncias que son necesarios asumir si queremos que nuestra vida sea fecunda y creativa. El hedonismo no es una fuerza movilizadora; la obsesión por el propio bienestar empequeñece a las personas. Nos estamos acostumbrando a vivirlo todo cerrando los ojos al sufrimiento de los demás. Parece lo más inteligente y sensato para ser felices. Es un error. Seguramente, lograremos evitarnos algunos problemas y sinsabores, pero nuestro bienestar será cada vez más vacío, aburrido y estéril, nuestra religión cada vez más triste y egoísta. Mientras tanto, los oprimidos y afligidos quieren saber si le importa a alguien su dolor.

lunes, 9 de marzo de 2015

Guión para la Lectura orante de Juan 3,14-21





1. Oración Inicial: Espíritu de verdad, enviado por Jesús para conducirnos a la verdad toda entera, abre nuestra mente a la inteligencia de las Escrituras. Haz que aprendamos a escuchar con corazón bueno y perfecto la Palabra que Dios nos envía en la vida y en la Escritura, para custodiarla y producir fruto con nuestra perseverancia. AMÉN.  

2.  Lectura: ¿Qué dice el texto?
a. Introducción: Al escuchar este evangelio podemos acabar de una vez por todas con esas imágenes del Dios juez exigente y minucioso que rastrea nuestro comportamiento buscando motivos que justifiquen nuestra condena. Jesús nos dice que Dios no es de esa manera. Dios no quiere nuestra condenación, quiere nuestra salvación. Dios no quiere la muerte del mundo, quiere su vida. Dios no quiere perder ninguna de sus criaturas, y entre ellas nos encontramos tú y yo. Dios no quiere perdernos. Abramos nuestros corazones a escuchar la Palabra de Dios.
b. Leer el texto: Juan 3,14-21: Hacer una lectura atenta, pausada y reflexiva. Tratar de descubrir el mensaje de fe que el evangelista quiso transmitir a su comunidad. Leerlo una segunda vez.
c. Un momento de silencio orante: Hacemos un tiempo de silencio, para que la palabra de Dios pueda penetrar en nuestros corazones. 
d. ¿Qué dice el texto?
1)     Cada persona lee el versículo o parte del texto que te impresionó más.
2)     ¿En qué se demuestra el amor que Dios nos tiene?
3)     ¿Para qué Dios envió a su Hijo al mundo?
4)     ¿En qué consiste el juicio de Dios?
5)     ¿Quién es esa luz que vino al mundo?
6)     ¿Por qué algunos odian y no se acercan a la luz?
7)     Por el contrario, ¿Por qué otros(as) se acercan a la luz?

3. Meditación: ¿Qué nos dice el texto hoy a nuestra vida? No es necesario responder a cada pregunta. Seleccionar las más significativas para el grupo. Lo importante es conocer y profundizar el texto, reflexionarlo y descubrir su sentido para nuestra vida.
a)     ¿Qué representa la luz en nuestras vidas cotidianas? ¿Cómo sentimos cuando no hay luz?
b)    ¿Qué significa hoy buscar la luz de Jesús? ¿Qué nos muestra esa luz?
c)     “Prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas…” : En la respuesta que damos a la vida estamos movidos también, tal vez inconscientemente, por nuestro deseo de luz o nuestro de oscuridad, para que su maldad no sea descubierta.   Comentar.
d)    Dios mandó a su Hijo para que el mundo se salve por Él; no lo envió para condenar, sino para que el mundo se salve por él. Pero de hecho muchas veces el cristiano se siente más juzgado que salvado, y siente la moral como un deber exterior e impuesto, como una carga más que como una ayuda. ¿A qué se debe? Si el Evangelio es Buena Noticia y Dios es pura voluntad de salvación, ¿qué es lo que puede estar fallando?
e)    ¿Cuál es el mensaje del texto para nuestra vida hoy y qué podemos hacer en concreto para que se haga realidad?

4. Oración: ¿Qué le decimos a Dios después de escuchar y meditar su Palabra? Ponemos en forma de oración todo aquello que hemos reflexionado sobre el Evangelio y sobre nuestra vida. «Señor, ayúdanos a ser generosos para entregar nuestros dones al servicio de la gente».

5. Contemplar el rostro de Dios encontrado en el texto, volver la mirada al mundo y comprometernos con el Reino de Dios y su justicia: Compromiso: ¿Qué actitudes poner practicar para vivir “en la verdad y en la luz”?  Llevamos una "palabra". Puede ser un versículo o una frase del texto. Tratar de tenerla en cuenta y buscar un momento cada día para recordarla y tener un tiempo de oración donde volver a conversarla con el Señor.

6. Oración final: Danos tu luz, Señor, para caminar en tus pasos, para que nuestras vidas puedan ser espejo - reflejo de tu presencia,  Dios de la vida, Luz que siempre brilla, ¡Aurora de nuestras mañanas!  Padre Nuestro, que estás en el cielo… AMÉN.  

Para profundizar Juan 3,14-21
Juan 3,9-21 se centra en la descripción del acontecimiento salvífico. La iniciativa procede de Dios (3,16), se realiza por medio del Hijo, que ha venido de su parte y que vuelve a él a través de la cruz-exaltación (3,14). El ser humano se apropia de ella o la rechaza mediante la fe - incredulidad en el Enviado. No existe mejor síntesis de la vida cristiana. Así es el mensaje joánico. Estamos ante el mejor resumen de la teología de Juan. El mejor comentario del mismo nos lo ofrece otro texto del cuarto evangelio, que habla de Jesús como el Enviado, de quien lo ha enviado y de la fe en ambos, del juicio que se realiza en la aceptación o rechazo de la luz (12,44-50).

La “elevación” de Jesús (3,14) es la que constituye el reino, reinado o señorío de la vida. En la elevación a la cruz va incluida la exaltación a la gloria. En dicha elevación, el evangelista Juan acentúa las ideas siguientes: la victoria sobre el príncipe de este mundo (12,31; 14,27-30); la participación del ser humano en ella mediante la fe (12,32); la muerte en cuanto paso necesario y un aspecto parcial de la elevación; la cruz no es el lugar de la máxima humillación, sino un aspecto de la elevación. En este evangelio el fundamento de la teología o de la reflexión teológica no es la cruz, sino el estar sentado a la derecha del Padre; Jesús aparece como el vencedor de la muerte (5,26; 14,30) y el dador de la vida para todos los que creen en él.
El juicio, de salud o desgracia, se realiza en la actitud de aceptación o rechazo frente a Jesús (3,18-21). En el evangelio de Juan no existe un juicio futuro, que tendría lugar al final de los tiempos, al estilo sinóptico (Mt 25,31ss). El juicio se realiza aquí y ahora por la actitud del ser humano ante el Revelador (3,18). Dios envió a su Hijo al mundo para que el ser humano pueda salvarse. Dios hizo la oferta de la vida. Oferta que sigue abierta. Debe ser aceptada en la fe. Lo contrario equivale a la auto-exclusión de la vida. Ese es el juicio.

Los vs. 16‑21 aportan, pues, una reflexión del evangelista y no palabras de Jesús propiamente hablando. Esto puede causar sorpresa, pero es una de las ideas más felices de la teología cristiana. Dios ha entregado a su Hijo al mundo. En esto ha mostrado lo que le ama. Además, Dios lo ha enviado, no para juzgar o condenar, sino salvar lo que estaba perdido. Si existe alguna doctrina más consoladora que esta en el mundo podemos arrepentirnos de ser cristianos. Pero creo que no existe. El v.18 es una fuente de reflexión. La condena de los seres humanos, el juicio, no lo hace Dios. Lo ha dejado en nuestras manos. La cuestión está en creer o no creer en Jesús. El juicio cristiano no es un episodio último al que nos presentamos delante de un tribunal para que le diga si somos buenos o malos. ¡No! Sería una equivocación ver las cosas así, como muchos las ven apoyado en Mt 25. Los cristianos(as) experimentamos el juicio en la medida en que respondemos a lo que Señor ha hecho por nosotros. El juicio no se deja para el final, sino que se va haciendo en la medida en que vivimos la vida nueva, la nueva creación a la que hemos sido convocados. Estas imágenes de la luz y las tinieblas son muy judías pero a Juan le valen para expresar la categoría del juicio.

El evangelio de Juan es muy sintomático al respecto, ya que usa muchas figuras y símbolos (el agua, el Espíritu, la carne, la luz, el nacer de nuevo, las tinieblas)  para poner de manifiesto la acción salvadora de Jesús. El diálogo es de gran altura, pero en él prevalece la afirmación de que el amor de Dios está por encima de todo. Aquí se nos ofrece una razón profunda de por qué Dios se ha encarnado: porque ama este mundo, nos ama a nosotros que somos los que hacemos el mundo malo o bueno. Dios no pretende condenarnos, sino salvarnos. Esta es una de las afirmaciones más importantes de la teología del NT, como lo había sido de la teología profética del AT. Dios no lleva al destierro, Dios no condena, Dios, por medio de su Hijo que los hombres hemos “elevado” (para usar la terminología teológica joánica del texto) a la cruz, nos salva y seguirá salvando siempre. Incluso el juicio de la historia, como el juicio que todo el mundo espera, lo establece esta teología joánica  en aceptar este mensaje de gracia y de amor. El juicio no está en que al final se nos declare buenos o perversos, sino en aceptar la vida y la luz donde está: en Jesús.